Patrimonio

Tras décadas de humo y descuido, restauran por primera vez los murales de Quinquela Martín del teatro Regina

Benito Quinquela Martín pintaba la vida cotidiana de su barrio, La Boca, y creía que el arte debía formar parte de la vida cotidiana de las personas. Por eso, pensaba que tenía que estar donde pudiera ser disfrutado. A lo largo de su carrera hizo 75 murales para calles y edificios, incluyendo escuelas. A dos de ellos los creó en 1928 especialmente para la Casa del Teatro. Se encuentran en el foyer del Teatro Regina, donde sufrieron años de humo de tabaco, una iluminación inadecuada, condiciones adversas de temperatura y humedad y hasta las consecuencias de un incendio en el edificio. Ahora, en plena pandemia, están siendo restaurados por primera vez.

El edificio art decó de la Casa del Teatro, diseñado por el arquitecto Alejandro Virasoro y ubicado en Santa Fe 1243, es Monumento Histórico Nacional y fue inaugurado en 1938. Su objetivo desde entonces fue servir de residencia a personas vinculadas a la actividad teatral, mayores y sin recursos. Entre los pisos 2° y 3° se hizo un teatro.

En ese teatro, el Regina, fueron instalados los dos murales, pintados diez años antes. Se llaman «En plena actividad» y «Descargando carbón» y representan escenas portuarias.

El artista los pintó por la amistad que lo unía a la soprano Regina Pacini, fundadora de la Casa del Teatro, y al esposo de esta, el presidente Marcelo Torcuato de Alvear. Estaba en el apogeo de su carrera: ya afianzado en la Argentina, después de terminarlos emprendió giras por Italia e Inglaterra para exponer sus pinturas.

«Estos murales son dos de las obras mas importantes de Quinquela. Tienen cinco metros de alto por tres de ancho y están en una sala pequeña y de paso. Su monumentalidad refleja la generosidad del artista, su solidaridad con los otros artistas y su gran amistad con Pacini y Alvear», señala Teresa Anchorena, la presidenta de la Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y de Bienes Históricos.

La titular de la Casa del Teatro, Linda Peretz, cuenta: «Cuando asumí como presidenta de la institución, en noviembre de 2016, lo primero que vi fue el agujero de un cigarrillo apagado en uno de los dos murales. Recurrí a la Comisión, porque me pareció que había que recuperarlos. Desde que nos donaron las obras, es la primera vez que se les hace una restauración».

La Comisión y la Casa del Teatro decidieron buscar un mecenas. Se gestionó una ayuda del Merril Lynch Bank of America, que aportó 30 mil dólares para los trabajos, que empezaron en agosto y terminarán a fines de noviembre. Ya concluyó la restauración de «Descargando carbón» y ahora avanza la de «En plena actividad».

La puesta en valor es comandada por Victoria García Villegas, que trabaja con otro especialista en restauración y un asistente. «Son pinturas al óleo sobre tela que están amuradas. Se las llama murales por la magnitud. Su estado era de regular a malo, porque presentaban una suciedad acumulada de muchos años. Al estar en el foyer de un teatro, donde antes se fumaba, se les fue depositando nicotina. Tampoco había un control ambiental: estuvieron expuestos a frío, calor, humedad y una iluminación inadecuada», detalla la restauradora.

Las obras también fueron afectadas por el hollín que dejó un incendio ocurrido en 2010 en el 5° piso del edificio. Y por un sistema de calefacción antiguo, que generaba demasiado calor y fue resecando la pintura. En uno de los murales, incluso, la gente se apoyaba mientras esperaba ingresar a la sala.

«Esto nos lleva a repensar la obra de Quinquela Marín y su posición ideológica, porque él creía en la democratización del arte, que debía estar en todos los espacios, hasta en los más excluídos. Y cuando hay patrimonio en lugares públicos, está expuesto a los vaivenes de la dinámica pública, gente que se aglutina, cambios de temperatura, problemas físicos», explica García Villegas.

Pero también, asegura, hubo un motivo técnico detrás del deterioro de las obras. Cuando los artistas usan óleo, para que tenga fluidez y pueda ser más manipulable con la espátula o el pincel lo mezclan con esencia de trementina o aguarrás mineral. Si se usa un solvente de mala calidad, se evapora, la pintura queda más densa y, con el tiempo, tiende a resquebrajarse o «craquelarse». «Eso ocurrió con estas dos pinturas, hay un craquelado en toda su extensión», dice la restauradora.

Para no dañarlos, se decidió no retirar los murales de las paredes. El proceso de restauración empieza con una limpieza superficial, sacando el polvo depositado con pinceles japoneses de pelo de cabra. Ese material es suave, pero lo suficientemente rígido para meterse en los intersticios de la pintura y remover la suciedad.

Después se hace un «velado»: se forra la obra con un papel de fibra de kozo -un árbol también de origen japonés- sobre el que se aplican geles con propiedades adhesivas que penetran en las partes craqueladas o con microfisuras de la pintura. Finalmente, se retira el papel y se realiza una limpieza más profunda.

Por la pandemia, no se pudieron hacer estratigrafías para determinar los colores originales de las obras. Pero se optó por utilizar un sistema de solventes que permiten llegar hasta la superficie de la pintura original sin removerla.

«Se remueve la suciedad que se depositó, pero no lo que se pintó -precisa García Villegas-. De esa manera llegamos al color de Quinquela, que tampoco es el original, porque ha ido envejeciendo y se fue transformando. Dejarlo tal como lo pintó en su momento sería una mentira histórica. Es importante que quede reflejado el paso del tiempo, porque esa es la originalidad».

FUENTE: Nora Sánchez – www.clarin.com

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