Patrimonio

Torre Saint: un viaje al interior del emblemático Faro de Once

Por estos días se extraña el leve eco de un piano, en los pisos superiores, proveniente del 12, donde vive el maestro Bruno Gelber. Durante la temporada de verano, el pianista parte a Mar del Plata, y con su ida se pierde algo de la mística acústica del Faro de Once, como suelen referir en el barrio a la Torre Saint, la joya Art Decó con reminiscencia egipcia proyectada, en 1925, por el francés Robert Charles Tiphaine, a pedido del dueño de los chocolates Águila.

Las paredes del recibidor de Bruno, según describió su biógrafa, Leila Guerriero, están pintadas de un rojo opaco que se transforma en súbito amarillo. «Lo conquistaron las paredes anchísimas, la cámara de aire entre piso y piso, el silencio y la luz, y el barrio no le importa (.)», refiere en su Opus Gelber (Anagrama, 2019).

A partir del piso 9, cada planta se transforma en semipisos. En presencia de Bruno, a veces se escucha de madrugada el piano de un vecino, y el maestro debe pedir disculpas por teléfono a sus contiguos. «A él no le molesta -escribió Guerriero- pero, si el vecino toca por las noches, le golpea la pared porque no quiere que piensen que es él importunando el descanso ajeno».

Debajo de Bruno, en el 11, Isabel Conteras, restauradora de obras de arte del Museo Parlamentario, dice: «Desde hace más de 30 años que vivo acá: ¡la cámara de aire nos separa tanto!».

La posibilidad del silencio intenso, en una de las cuadras más ruidosas del barrio, es una bendición, que fue destacada por la cronista Débora Campos en la Revista Casa Foa, en su reseña del semipiso del 10, donde empiezan las torres y vive Roberto Caparra, proyectista de fama mundial: «Tiene una terraza cuya serenidad es inverosímil a pocos metros de la estación».

Con tiempo, Roberto Caparra -favorito de la cadena NH-, se dedicó a recuperar cada detalle de su departamento -confió a Campos-: las aberturas, los herrajes, los pisos, los azulejos de la cocina.

Isabel Contreras también es una esteta: le aportó a su salón detalles art decó que acompañan el estilo general del edificio: una mesa, una lámpara, un aplique. Líneas rectas que juegan con las curvas.

Hoy el 30% de las unidades está poblado por familias chinas y coreanas, próximas a sus locales textiles. Leo Kim está a cargo de la presidencia del Consejo de Propietarios desde hace tres años; asumió en un momento complicado de la Torre, cuando la gente le pidió que ayudara, por su conocimiento de leyes. «Muchas cosas que no funcionaban vuelven a andar bien. Por ejemplo, los ascensores. Algunos estaban parados. Y en el piso 12, había filtraciones».

Bruno dio el visto bueno para que hicieran los trabajos y, en pocas semanas, volvió a brillar el techo de la sala, con piso de roble cubierto de alfombras francesas hechas a mano y sillas revestidas con telas traídas de Venecia.

Es tanta la presencia oriental, que en la lavandería del piso 8 hay un cartel escrito a mano en coreano que colabora con el aura general, porque ahí se lee la críptica frase: «Cierre el cuarto secreto». Leo quita el halo de misterio: «Es una mala traducción tanto de chino como de coreano. No lo retiré por respeto a quien lo hizo».

Usos y costumbres

Las reuniones de consorcio (prepandemia) se hacían en el hall de entrada que, para el arquitecto Fabio Grementieri, en su libro Buenos Aires Art Decó y Racionalismo, se presenta como «una gruta abstracta o una caverna en blanco y negro a la manera de una escenografía expresionista que rememora un pasaje o un ignoto gabinete más que la entrada a un tibio refugio».

Llegados a la terraza, la arquitecta Flavia Rinaldi, que comandó la restauración de 2017, dentro del plan Once peatonal, revela que «se trabajó el frente, un bajo cornisa que obtiene la primera mirada del peatón; y se recuperó una de las torres con cúpulas gemelas, que había padecido un incendio. Estaba casi en colapso».

Cuando se inauguró, en 1928, «la terraza era un solárium -sigue Rinaldi-; este edificio se creó con amenities. Bajo la galería techada, estaban las reposeras».

La fortaleza del Faro de Once es su estructura maciza: muy bien planteada desde la base. «Y esa fue su debilidad -dice Leo Kim-: todos lo creyeron tan fuerte y tan bien hecho que se descuidaron cosas básicas, como las cañerías».

El milagro, tratándose de un sistema de consorcio, es la inexistencia de un solo conflicto entre vecinos: la armonía puede deberse -dice el presidente- a que cada uno está muy aislado en su unidad; por la cámara de aire, no se escucha lo que hace el otro. Casi nada.

Con protección de la Ley N° 3056, que salva a las edificaciones anteriores a 1941 y catalogada como «singular con protección cautelar», la Saint es, por qué no, un emblema. «Cada barrio pretende su emblema -señala Grementieri-. Eso está muy bien. En el armado de la mitología del Once, aparece el Faro. Me parece fabuloso. Que su espíritu no se pierda. Sus ruidos, sus olores, sus colores. ¿Por qué vamos a tener que uniformar y globalizar todo? Es el lugar en el que querría vivir. Ojalá que el Once no sea gentrificado».

FUENTE: Julián Gorodischer – www.lanacion.com.ar

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